no puedo romper el ventilador de la fabrica abandonada

Un veinticuatro de junio decidí dejar a mi mujer por vez primera. No llegué a esta resolución de manera casual. Deliberé y deliberé en misterio, tal y como si fuera el único participante de una conjura. Expuse mis causas y también procuré hallarles una grieta, invalidarlas de alguna manera. Me agrada meditar las cosas que hago, encontraros una justificación, un contexto. Quizás la niebla tóxica que anega la localidad por las mañanas provoca que la multitud camine en círculos, mire el escaparate de una tienda a lo largo de un buen tiempo o decida, sin una razón clara, dejar algo esencial. Ciertos abandonan sus perros, otros sus esperanzas y otros su pareja. La cuestión es que el veinticuatro de junio, durante la noche, mientras que el calor hacía sudar a la localidad, decidí dejar a mi mujer. ¿De qué forma llegué a esa seguridad? Ya que la miré mientras que estábamos en la cocina. Ella tenía puesto un vestido colorado y sus zapatos blancos, daba la sensación de que saldría de celebración. Yo terminaba de regresar de la factoría. El trabajo de gestor me se encontraba costando la vida. Muchas presiones, papeles y trámites. No lo dejaba por el hecho de que era nuestra única fuente de capital. En este momento, desde la distancia de las semanas y los meses, pienso que todo lo mencionado influyó a fin de que esa noche decidiese abandonarla por vez primera. Mi mujer se encontraba en la cocina preparándose una limonada. El ventilador funcionaba a veces. Recuerdo que le llevábamos, de cuarto a cuarto, tratando que refrescara el ámbito. Primero la salón, después el pasillo, después la recámara. No obstante, las olas de aire caluroso proseguían invadiendo el departamento. En ocasiones llegaba tan fatigado que el calor me transmitía un sopor que entumecía de manera rápida mis sentidos. Entonces, solo me quedaba reposar. Ciertas noches, en la madrugada, el efecto desaparecía y abría los ojos. Mis ojos se concentraban en el techo y, después, en mi mujer. Ella dormía, muy apacible, extraña a mis problemas. El calor me pegaba las sábanas en el cuerpo. El ventilador parecía interrogarme con sus aspas vagas. Tenía entonces la seguridad de que el insomnio era entre los resultados consecutivos del calor. Cualquier día el termómetro subiría tanto que dejaría sin reposar a todos y cada uno de los vecinos del edificio y la localidad completa.

Quizás pensaba en estas cosas mientras que veía a mi mujer sacar geles del congelador para colocarlos en su vaso. No recuerdo si le dije ninguna trivialidad por romper el silencio. La verdad es que recientemente no teníamos varias cosas que decirnos. Todo lo mencionado conjuró a fin de que naciese la iniciativa de abandonarla. Si charlé probablemente me haya quejado del calor y del último hecho en la factoría. Ella, quizás, respondió con un monosílabo. Y mientras que el monosílabo, quizá acompañado por un suave movimiento de cabeza, se fundía con el silencio, creí que la iniciativa de dejarla no era solo un capricho, sino más bien una necesidad poco a poco más acuciante. Era todavía un impulso, es verdad, pero sabía que esta inercia iba a hallar próximamente un acompañamiento mucho más estable. La miraba tomar del vaso. Los hielos enfriaban los labios y diluían las huellas de los dedos en el cristal. En ese instante, justo en el momento en que dejó el vaso en la pequeña mesa que solamente cabía en la cocina, recordé mi niñez y los intentos imaginarios de dejar mi casa. En múltiples oportunidades, cansado de los reñidos de mis progenitores, pensé en las opciones que tendría si escapaba con una pequeña mochila con 2 o tres mudas de ropa. Imaginé cuánto dinero precisaría para llegar a alguna localidad próxima y los riesgos que encararía a las calles. Cuanto más lo pensaba el ámbito parecía real y, no obstante, prácticamente inalcanzable. Mi mujer recargó la espalda en la orilla del fregadero. Sus uñas rojas contrastaban a la escasa luz que proyectaba el foco. Entendí que el departamento se había transformado en algo extraño, gobernado por elementos que no lograba discenir: la cafetera que solo usaba ella, el frigorífico que solamente tenía comida, las hormigas que subían por la pared y se perdían en el marco metálico de una angosta ventana. Todos eran pobladores de un planeta que se me escapaba todos y cada uno de los días. Y más allá de esa extrañeza, ese trastorno sutil que me estresaba, ella se veía bastante acorde, tomando limonada, tal y como si estuviese a gusto en el campo caluroso, en aquel edificio que parecía desmoronarse cualquier ocasión. Creí que la actitud displicente era impostada, que había algo artificial. Lo medité mejor e inclusive llegué a dudar de que ella fuera mi mujer. Sentí un rápido vaivén en el estómago en el momento en que la miré como una impostora. Miré sus tobillos blancos, su pelo cubierto por un tinte rojizo que procuraba, sin bastante éxito, disfrazar sus canas. Entonces, descreído y interesante, presto a evaluar esta iniciativa, le hice una pregunta: —¿Recuerdas del viaje a Acapulco? Quizás podríamos ahorrar y regresar el año próximo. Ella balanceó un tanto el torso. Momentáneamente pensé que sortearía mi ataque disfrazado, a responder con un monosílabo o, peor aún, con otra interrogante. Pero dejó el vaso en el fregadero y, mientras que lo lavaba, me ha dicho: —Deberíamos ahorrar mucho más de un año, amor mío. Su contestación correspondía a su frecuente pesimismo. Era ella, indudablemente: una mezcla de soledad, aire ardiente y tristeza. Su voz, opaca, salida despacio de los labios, contrastaba con el fulgor de su vestido colorado. ¿Por qué razón se había vestido de esta manera? Quizá le había prometido que saldríamos a algún bar o salón de baile. Me dio temor proseguir interrogándola por el hecho de que podría reclamarme algún olvido. Estuve unos segundos explorándola, midiendo en misterio, como un espía, el movimiento de las manos mientras que volvía a dejar el vaso en su ubicación. Había algo extraño y popular en todos sus parpadeos, en la manera en que guardó un paño en el cajón bajo el fregadero y en sus pasos que se dirigieron a la salón. La proseguí en silencio. Había paz, en ese instante, mientras que se quitaba en entre las sillas que habíamos comprado a plazos. En ocasiones se encontraba de esta forma, callada, viendo a las luces de la región mediante la ventana. Parecía reiterar, de manera inconsciente, un rito viejo que la redimía de una lástima ignota, una desgracia que se insinuaba en la espalda encorvada, en las venas embrutecidas de las manos. El calor medraba. Era bien difícil creerlo, pero la temperatura aumentaba por las noches. La luna, libre de nubes, muy blanca, bañaba las construcciones de la región y caldeaba las calles. Yo calculé la calma de mi mujer y traté de localizar un pequeño desajuste, algo que no encajase. Entonces comenzó a abanicarse la cara con una gaceta. Indudablemente, pasados ​​unos minutos, iríamos a la recámara y ella sería precisa la televisión para poder ver las novedades. Yo procuraría conciliar el sueño mientras que ella, concentrada en la pantalla, parpadearía con lentitud, tal y como si la luz de la pantalla interfiriese, de alguna forma, con sus pensamientos. Pasó un rato. Yo aproveché para organizar unos papeles que precisaba llevar al trabajo. Ella tenía los labios entornados y parecía andar en la penumbra de la salón. En el momento en que brindaron las once dejó la gaceta en la mesa de centro y, sin decirme nada, se dirigió a la recámara. Yo terminé de clasificar los documentos y la conseguí justo en el momento en que se ponía una camisa de reposar blanco y se sacaba las aretas. Aquí, mucho más por un impulso que por un plan pensada extensamente, le volví a contar el hecho de la factoría. Le escenifiqué la reñida de mi cabeza y mi fastidio por tener que lidiar con él cada día. Ella, frente mis protestas, siempre y en todo momento me afirmaba que renunciara y nos arreglaríamos para solucionar nuestros costos. Entonces yo le respondía que mi edad —prácticamente sesenta y un años cumplidos— era un obstáculo para salir a las calles en pos de un trabajo, que el mío era un mero desahogo pues sabía que no cambiarían las cosas. Era una discusión sin ningún sentido. Ella no había podido conseguir trabajo después de ser despedida de una escuela de lenguajes por recorte de personal. No obstante, en esta ocasión dejó que terminara mi perorata y me mencionó que no podía dejar el trabajo, que había sido un transcurso de mal genio de mi cabeza, un hecho animado por el agobio. Entonces, sosiega, tal y como si hubiese aguardado bastante para asegurar esto, se acomodó entre las sábanas y cogió el control a distancia para prender el TV. Yo, intentando de disimular la sorpresa por el cambio en la contestación frecuente, me desvesti y me quedé en calzoncillos. Quizás era la clave que se encontraba aguardando. Ella, con esa contestación, me señalaba que era el instante conveniente para dejarla. Mientras que el conductor del noticiario comunicaba los datos de un atentado terrorista en Oriente Medio y del incremento de las tasas de interés, imaginé mi vida sin ella. Podría vagar por las calles tras el trabajo, quizá agrupar algo de mi sueldo para viajar a algún lugar que no fuese Acapulco o poner un negocio con el que ella jamás estuvo en concordancia. Era interesante: más allá de abandonarla, ella proseguiría definiendo mis acciones. Quizás pasado cierto tiempo volvería al departamento para entender de qué forma se encontraba, si mi escapada asimismo la había liberado, si había aguardado a lo largo de múltiples noches mi regreso. Nos sentaríamos en las sillas y charlaríamos apaciblemente, como 2 viejos amigos que se rencuentran. El noticiero nocturno acabó tras los desenlaces de deportes y ella se durmió sin decir buenas noches. Yo tenía los ojos libres. Observaba la ventana, las cortinas blancas que tenían un suave movimiento. Pensé en decenas y decenas de fugas y en las probables variantes. Me sudaba la frente. El ventilador se encontraba encendido pero solamente contrarrestraba el calor. Era el instante de accionar. Miré la espalda transitada por los tirantes de la camisa de reposar. Deseé frotar su pelo, recorrer la línea de los hombros, pero no podía exponerme. Me levanté de la cama intentando no despertarla. El estruendos del ventilador cubrió el estruendos de mis pasos. Salí de la recámara. En forma de despedida la miré unos segundos desde el quicio de la puerta. Deseé alargar al momento pero no podía dejar que los sentimientos vulneraran mi resolución. En la habitación anexa guardábamos una maleta que habíamos llevado a Acapulco. Mi ropa y otras pertenencias estaban en un enorme ropero que nos había dejado la vieja dueña de la vivienda. Frente a la imposibilidad de moverlo habíamos optado por no llevarlo a la recámara primordial. Comencé a seleccionar pantalones, playas y camisas. Asimismo metí calcetines, mudas de lencería y los zapatos mucho más resistentes que hallé. Me puse un pantalón rápido, tenis y una playa. Iba realizando una lista mental de lo que podría requerir en los próximos días. En la salón saqué una caja de cartón donde guardaba papeles importanos y puse en un folder mi acta de nacimiento y mi cédula profesional. Miré, encima de la mesa del comedor, los papeles que había ordenado para el trabajo. Sonreí frente a la oportunidad de abandonarlos ya que, ahora entrado en costos, sería simple mandar al demonio a mi cabeza ahora la factoría. Suspiré y reflexioné: no podría, por ahora, prescindir de mi sueldo, más que nada por el hecho de que pensaba depositarle una cantidad por mes a eso que se habituaba a su novedosa vida. Quizás mi sepa comportaría un golpe de fortuna y alguien respondería a las peticiones de trabajo que mandaba cada día. Metí los papeles del trabajo y cerré con enormes sacrificios la maleta. El calor me había fatigado, conque me senté en un sillón. Miré las cosas que habíamos reunido durante varios años. Ciertos elementos tenían un buen tiempo con nosotros. Bajo la mesa de centro había libros que solo me interesaban a mí, pero que me sería irrealizable llevar. Miré un póster de un cuadro de Renoir que había enmarcado en mis tiempos de la facultad. Era una lástima dejar todo lo mencionado; no obstante, precisaba viajar rápido, tras todo no sabía cuál sería mi destino. Quizás mi nuevo hogar sería aún mucho más pequeño que el departamento de cien m2 cuyos rincones conocía hasta el último aspecto. Recorrí por última vez la salón y la cocina. Me despedí de las cosas materiales que, de alguna forma, proseguían comentando, evocando tiempos mejores. En el librero miré una fotografía de los dos y una esfera de cristal donde navegaba un barco en un mar azul y cristalino. Lo había comprado por unos pesos en nuestro viaje a Acapulco. El resto recuerdos se habían perdido o no existían. La esfera proseguía allí, interrogándonos y subsistiendo cualquier incidente, a las discusiones que teníamos ocasionalmente, a los cambios de lugar de los muebles, a la limpieza que hacíamos cada semana. Dejé la esfera en su ubicación y, sin poder eludir un sentimiento de melancolia, salí del departamento. El pasillo del noveno piso se encontraba vacío. Arrasté la maleta hasta la puerta del ascensor. Creí que, una vez abajo, debería tomar un taxi para no padecer mucho más con mi carga. Quizás podría proceder a un hotel próximo mientras que decidía mis próximos pasos. Las puertas se abrieron y entré resoplando. El aire ardiente me rodeaba. Sentía latidos precipitados y profundos en todo el cuerpo. Se encontraba inquieto. Pulsé el botón que me aproximaría un tanto mucho más a mi novedosa vida. Mientras que las puertas se cerraban pensé en mi recién dejada mujer y en esos actos solamente perceptibles, menudencias diarias, que no compartiríamos. Recordé el viaje a Acapulco y me pregunté si, solo ese fin de semana, en ese hotel económico que no daba a la playa, habíamos sido contentos. Quizás, desde hacía bastante, ella me se encontraba mandando señales, muy sutiles, a fin de que yo tomara la resolución de escapar. La última, esa contestación que no aguardaba, era una última llamada. En vez de tristeza tenía una mezcla de calma y ansias que se diluían en el momento en que recordaba la expresión sosiega de la cara mientras que dormía, la mirada perdida en el TV o el tintineo de la cuchara en el vaso mientras que se hacía la limonada.

aire

El ascensor llegó al séptimo piso. Me sequé el sudor de la frente. En una calle del edificio había una tienda que abría toda la noche. En ocasiones me quedaba un rato antes de llegar al departamento pues tenía un óptimo aire acondicionado y una máquina automática que servía café. Allí se encontraba largos minutos, sentado en una silla de metal, recargado en una angosta balda, viendo por medio de las ventanas ir y venir de las actuaciones, los avisos lumínicos de las tiendas, gente caminando en el hogar tras la jornada de trabajo, algún indigente pidiendo monedas en un rincón. Aquí podría obtener una botella de agua y aguardar a que se aclarara mi cabeza. La expectativa de mi escape logró que el tiempo en el ascensor se alargara. Cada movimiento, pesado por el calor que me rodeaba, era un paso retardado, si bien incesante, en el exterior del edificio. Me senté en la maleta. El ascensor se detuvo en el piso 5°. Entró un hombre joven, de traje obscuro y corbata de rayas azules y negras. Me puse parado. Me sentí descubierto, como un niño en medio de una fechoría. Quizá salía por una compra de urgencia. Jamás lo había visto. Me saludó con una sonrisa. Me pregunté de qué manera aguantar el vestido con el calor que hacía. Iba a examinarle mucho más pausadamente en el momento en que el ascensor llegó al segundo piso, se abrió la puerta y el tipo salió. Creí que había visitado a algún amigo o que había olvidado algo. Me volví a sentar en la maleta, el ascensor cerró las puertas pero no reinició el descenso. Hubo unos cuantos sacudidas pero no ocurrió solamente. Era frecuente que el ascensor fallase. El edificio era viejo y el gestor, por órdenes del dueño, no invertía en costosas reparaciones urgentes. Aguardé unos segundos y, un tanto cansado, volví a oprimir el botón de la planta baja. No hubo contestación. La luz del ascensor se sostenía en relación la falla no era por un apagón. Pasaron múltiples minutos. Me invadió la ansiedad. Los latidos, en todos y cada una parte de mi cuerpo, se desbocaron espoleados por el calor. Me sentía como un animal enjaulado tras caer en una trampa bastante grosera. El bochorno era una parte de esta prisión. Me quité el pantalón y la playa. Este veinticuatro de junio sería inolvidable. ¿Qué haría si no me rescataban dentro de poco? Quizás el ascensor detenido era un rastro de que no debía dejar a mi mujer. Las señales, en este momento, eran bastante confusas. En algún instante alguien se daría cuenta de la falla y avisaría al negocio de cuidado a fin de que llegaran al salve. Quizás algún interesante procuraría llevar a cabo algo por su cuenta. Podrían pasar unas 2 o tres horas antes de llevar a cabo contacto con alguien, si bien mientras que se aproximaba la madrugada era menos posible que un vecino quisiese usar el ascensor y de esta manera descubriera el desperfecto. Sentado en la maleta daba la sensación de que me internaba en un planeta con demasiadas opciones. No podía realizar otra cosa que soliciar asistencia. Llamé y llamé pero mi voz era absorbida por las paredes del ascensor. Aun si mi voz hubiese podido sobrepasar estos límites, se habría perdido a la soledad de un pasillo vacío. Proseguiría chillando en el momento en que creí que, si alguien salía de algún departamento próximo y me escuchaba, podría identificarme. No hacía amistad con varios vecinos, pero era ineludible hablar con ellos por las mañanas, antes de salir al trabajo. Recordé que, en el segundo piso, justo donde se encontraba atascado, vivía una solterona que de manera frecuente me ofrecía seguros para coche. Si bien sabía que no tenía uno, insistía pensando, quizás, en que cualquier día podría requerir sus servicios. Ella me escucharía y, lo que es peor, sabría en el instante quién era el dueño de la voz. Indudablemente, pese a mis súplicas que no lo hiciese, iría a tocar a mi departamento para informarle a mi mujer. Ahora podía verla, en camisón, medio dormida, bajando por las escaleras desde el noveno hasta el segundo piso. En el momento en que al fin se consumara el salve me hallarían medio desecado, sudado, en calzoncillos, protegiendo una enorme maleta y sin una explicación convincente. Prosiguió el correr del tiempo. Los segundos se desgranaban con pereza. No deseé ver mi reloj. Había dejado mi móvil inteligente en la mesa del comedor a fin de que ella comprendiera que mi fuga era determinante, que no podía hablarme. Se encontraba solo, como un ladrón que, de súbito, se quedó sin coartada ni cómplices. Procuré no meditar. Volvieron a mi cabeza imágenes de mi niñez. Me volví a hallar en mi recámara, viendo por la ventana un parque solitario, pensando si esa noche podría escapar, si atrás de los árboles y las bancas de cemento había un planeta para mí. ¿Qué significaban las luces mucho más lejanas de la región? ¿Quiénes vivían allí? ¿Hasta dónde podría llegar con mis medios? Pensé en otras cosas que en este momento no recuerdo. Me comencé a reposar. El calor me cerraba los párpados poco a poco. Recargué la cabeza en la maleta. Los latidos en mi cuerpo se calmaron hasta volverse un cómodo, interesante siseo. Antes de establecerme dormido vi una cucaracha salir de una esquina y también internarse al filo de las puertas hasta ocultar completamente. Me despertó el sonido de un golpe metálico. Miré mi reloj: eran unos minutos tras las seis de la mañana. Oí la voz de un hombre que me afirmaba: «No se preocupe, en un instante lo vamos a sacar. ¿Está bien?». Solo conseguí decir que sí. Se encontraba a puntito de regresar a ponerme la ropa en el momento en que las puertas se abrieron de a poco gracias por fuerza de unos cuantos rebozuelos. Tras unos minutos y pocos sacrificios, la luz de la mañana entró en el ascensor. Me hallé con múltiples caras que me examinaban con curiosidad. Entonces llegaron los murmullos y las exclamaciones de alivio. Supuse que múltiples se habían quedado atrapados en el ascensor pero ninguno por consiguiente tiempo. Me golpearon en el hombro. Me sentía como un héroe improvisado. Me preguntaron, constantemente, si se encontraba bien. Tras vestirme, agradecer la asistencia y garantizar que no se encontraba herido, me despedí. El pasillo próximamente quedó vacío. Sin pensarlo bastante subí a las escaleras y, con enormes sacrificios, rabiando, comencé a subirlas con mi maleta atrás. Les debió soliciar asistencia. Estuve un largo tiempo fuera del departamento. Me sorprendió que mi mujer no hubiese salido frente al revuelo. Tenía apetito y me dolía la espalda. Indudablemente, en el afán de rescatarme, habían olvidado informarle. Tras la noche en el ascensor había desaparecido el impulso de escapar y, no obstante, no me sentía con la seguridad de reanudar mi vida habitual. Era como estar inmerso en una película donde no tenía un papel claro. Me sentí viejísimo. Mis llaves, exactamente la misma el celular, estaban adentro. Suspiré y llamé a la puerta. Tras unos cuantos minutos la escuché desplazarse por la salón y atisbar por el ojo de la mira. Procuré sonreír pero no pude. Mi maleta se encontraba a un lado. Quizás la pude ocultar, pero no deseaba ocultar nada. En el fondo deseaba que ella me enfrentara, que llorara, que atara cabezas hasta llegar a una agria reclamación. Al fin abrió la puerta. Se encontraba en camisón y con el pelo revuelto. Miró en silencio mi maleta y me ha dicho «Buenos días, mi amor». Entonces entró en el departamento y fue a la cocina a elaborar el desayuno. Ese día solamente charlamos. Se encontraba tan fatigado que charlé en la factoría para reportarme enfermo. Pensé, por un instante, que ella me se encontraba castigando; quizás aguardaba, tolerante, una confesión mía, una febril declaración de culpa. Quizás, cuando menos lo esperara, me solicitaría el divorcio. Conforme fueron continuando las horas me percaté de que su accionar era habitual, de que mi corto abandono no había perturbado el curso de su historia ni de nuestro matrimonio. No sé si se había dado cuenta de mi escape esa noche. Jamás le pregunté y pienso que jamás lo voy a hacer. Prosigamos con nuestra rutina que, parece ser, nos resguarda contra todo. En el momento en que llegó la tarde aproveché para finiquitar ciertos temas atentos. Miré nuevamente la esfera de vidrio, el póster de Renoir y los libros atentos por leer. En el momento en que brindaron las once el calor comenzó a afianzar. Ella, tras abanicarse la cara con una gaceta, pasó de la salón a la habitación primordial y encendió el TV. La miré, exactamente la misma el día previo, concentrada, prácticamente inmune mis expresiones y mi presencia. Me pregunté si la podría proseguir deseando. En el momento en que se durmió me levanté de la cama y volví por la maleta. Le saqué ciertas cosas por tener menos adversidades. Entré en el ascensor, no me importaba que volviese a quedar atrapado. En el momento en que llegué a la planta baja, me quedé de solo una parte. Lo había hecho. Todo era tan simple. Era como un animal habituado al cautiverio que, en el momento en que le dejan en independencia, no sabe qué llevar a cabo. Sin comprender realmente bien por qué razón, me asomé a la calle y, tras hundir un tanto, volví al ascensor. Se encontraba relajado. Aquella noche había sido bastante. Pasaron las semanas. El calor redujo en la localidad. Los reportes meteorológicos apuntaron cielos anubarrados y temperaturas mucho más llevaderas. La lluvia caía en calabobos inopinados que aplican el aire tóxico de las calles. La localidad iba a un ritmo mucho más retardado. En este momento, tras múltiples meses, salgo todas y cada una de las noches, un tanto tras las once. Tengo una mochila pequeña donde siempre y en todo momento hay unos cuantos mudas de ropa y unos zapatos resistentes. Miro a mi mujer reposar y me despido de ella en silencio. Me muevo por el departamento intentando de no realizar estruendos. Me despido, como todas y cada una de las noches, de los libros, de la esfera de crital, del cuadro de Renoir. Salgo del edificio y voy a la tienda. Tras saludar al usado, me siento en la silla de metal y tomo un café en un vaso de unicel. Miro los taxis amarillos que se detienen en el semáforo. Pienso exactamente en qué va a pasar si abordo alguno y le digo al conductor que me lleve lo mucho más lejos viable, hasta el momento en que se agote el tanque de gasolina y la localidad sea solo una referencia al horizonte. Me froto las manos. Pago mi café y deambulo un rato por las calles. Me de adentro por el parque que está en oposición al edificio. Recorrido entre bancas derribadas, algo de basura y árboles que empiezan a reverdir. Miro a quienes andan tras sus jornadas de trabajo. Las calles, de a poco, comienzan a despoblarse. En ocasiones sendero un tanto mucho más hasta el momento en que el edificio empieza a confundirse con el resto de creaciones grises y descarapeladas. No obstante, en el momento en que estoy a puntito de atravesar una exclusiva calle, doy media vuelta y me quedo inmóvil. En ocasiones puedo distinguir la luz encendida de nuestro departamento y creo ver su silueta. Entonces me detengo sin importar un mínimo que estorbe a el resto viandantes y miro la ventana alumbrada del noveno piso tal y como si fuera un hecho asombroso, único. Tras un rato acabo mi escape y subo rumbo al edificio. El ascensor, a propósito, no volvió a fallar.

Deja un comentario